El positivismo en el urbanismo contemporáneo y la producción de ciudad

“La ciudad es, ante todo, esto: plaza, ágora, lugar para la conversación, la disputa, la elocuencia, la política. Es decir que, en realidad, la urbe clásica no debía tener casas, sino sólo fachadas como para cerrar una plaza, escena artificial que el animal político acota e impone sobre el espacio agrícola”,

Ortega Y Gasset

El pensamiento positivista trajo consigo nuevas normas de conducta que imperarían algunas hasta nuestras fechas en la construcción de conocimiento. A finales del siglo XIX y los primeros cincuenta años del siglo XX la ciencia y la tecnología habrían de dominar en la lógica de un progreso imparable en la que la civilización humana imponía por sobre todas las cosas su régimen y sus modos de entender el mundo.

El urbanismo no escapa de este dilema. El modernismo, con su fundamento positivista, trajo consigo nuevas formas de entender la ciudad. La historia del urbanismo en el siglo XX, es decir el urbanismo moderno, representa la creación de un saber positivista fundado en los ideales del conocimiento y la ciencia como forma para alcanzar el bien de la humanidad.

Actualmente hay un dato que ha estado encantando a académicos y organismos internacionales y es que el mundo durante los primeros años del siglo XXI ha pasado a ser mayoritariamente urbano. El dato, tentador y abrumador, ha dejado inquietos a muchos porque pareciera, de primera vista, que el desarrollo había llegado al mundo y que la conquista de la ciudad había por fin dado frutos.

Sin embargo, el abismo de las diferencias de ingresos entre los más ricos y las capas más pobres, las desigualdades sociales en todos los terrenos, están alarmando y poniendo sobre la mesa esta cuestión: ¿qué relación hay entre la urbanización del mundo y la desigualdad social?, ¿a qué desafíos éticos se enfrenta el urbanismo positivista en esta dinámica de polarización social?, ¿qué produjo la idea moderna y positivista de hacer ciudad y qué impacto tuvo en la producción de esta?

El urbanismo de los arquitectos

La historia del urbanismo nos dice que la arquitectura, uno de los oficios más antiguos del mundo, se impuso sobre la primera. Entre otras porque alguien debía hacer el trabajo. A comienzos del siglo XX y con un periodo entre guerras que daba lugar para imaginar la arquitectura de avanzada, el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM), vieron un campo abierto para pensar sobre cómo debían ser las ciudades en el marco de su reconstrucción (Carrión, 2001).

Con Le Corbusier a la cabeza, el CIAM publicaría en 1942 lo que se convertiría en un hito de la arquitectura y el urbanismo: La Carta de Atenas, en ella se expresan las ideas que marcarían las siguientes décadas de arquitectos del occidente del mundo. En este manifiesto se refleja, literalmente a través de un manual, cómo debe pensarse y planearse la arquitectura y el urbanismo, lo cual se resume en cuatro funciones principales: habitar, trabajar, recrearse y circular.

Plan de Le Corbusier para la reconstrucción de París.

Plan de Le Corbusier para la reconstrucción de París.

Sobre estas bases Le Corbusier y compañía sembraban la idea que hacía ver factible la posibilidad de crear ciudades desde cero con la intención de planificar el modo de vida de sus habitantes: desde su emplazamiento, la división de usos por zonas, la distribución poblacional e incluso su crecimiento.

Unos siglos atrás ya se habían hecho de facto algunos de los postulados promovidos por CIAM, en 1573, Felipe II promulgaba una serie de normativas sobre la creación de ciudades en las tierras del “Nuevo Mundo”,  en estos postulados, conocidos como Leyes de Indias, se expresaba, entre otras cosas, la formación simétrica de las ciudades a partir de su centro:

[…] se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos principales, y dejando suficiente espacio libre para que aun cuando crezca la ciudad pueda extenderse siempre en forma simétrica. (Harvey, 2004)

Esto se impuso para la mayoría de los centros urbanos latinoamericanos algo que conformaría el damero reconocido de los centros históricos de este continente, pero además imponía otras cosas sobre sí, aspectos que David Harvey describiría como imposiciones y que hablarían de la producción que tenía la ética protestante sobre el espacio representado a través de la morfología urbana especialmente para las ciudades de Estados Unidos.

[…] la cuadrícula se aplicó a un suelo irregular; los bloques suprimían el medio natural y se extendían implacablemente y con toda indiferencia a las colinas, ríos y bosques que encontraban a su paso. Había que nivelar los accidentes naturales y drenar las aguas; había que ignorar los obstáculos que la naturaleza ponía a la cuadrícula y el curso irregular de los ríos y lagos, ya que los planificadores de las ciudades de la frontera parecían no aceptar la existencia de todo cuanto no pudiera ser sometido a una geometría tan mecánica como tiránica. (Harvey, 2004)

Harvey describe el proceso de construcción de las ciudades norteamericanas en relación a la idea predominante con que se constituyó Estados Unidos: la ética protestante, la cual  podría verse claramente en la morfología de sus ciudades “sin el menor respeto por los usos y costumbres tradicionales, por las condiciones topográficas o por las necesidades sociales” (Mumford, 1961: 421).

Así, el urbanismo impuesto por la corona española tras la conquista de territorio en América Latina, la imposición del viejo mundo en el nuevo en Estados Unidos  y, más tardíamente el CIAM, dejaban claro que la forma más correcta de actuar sobre el territorio que sería habitado era a través de regulaciones que normaran tanto como fuera posible lo que sucedería en las ciudades.

La planificación moderna, décadas después no hallaría mejor respuesta y, en América Latina comenzarían a profesionalizarse los primeros especialistas en lo urbano: como planificadores y/o urbanistas como una rama de la arquitectura.

A la par, en Europa, Henri Lefebvre criticaba desde su trinchera que el urbanismo se había convertido en una ciencia y que, por tanto, no alcanzaba a explicar el fenómeno urbano en su totalidad (Lefebvre, 1970). Lefebvre, quien puso en el mapa la crítica a la concepción del urbanismo como ciencia desde la década de los años setenta, advierte también nuevas dimensiones para abordar lo urbano y expone, en un texto muy temprano (From the city to urban society), que lo urbano no refiere a un asunto meramente descriptivo sino que se trataba de un proceso por lo que abordar la ciudad como objeto de estudio dejaba a un lado muchos de los fenómenos que eran más representativos de lo urbano por lo que propone el término “sociedad urbana”.

Sobre ello expresa que se trata de un proceso más que una estadía que refiere a la “sociedad que surge de la industrialización, caracterizada por un proceso de dominación y asimilación de la producción agraria” (Lefebvre: 1970), por lo que expone que trata sobre una hipótesis teórica más que un intento por explicar la realidad.

Desde hace algunos años, mucha gente ha concebido el urbanismo como una práctica social de carácter científico y técnico. En tal caso, la reflexión teórica podría, y debería ejercerse sobre esta práctica, elevándola al nivel epistemológico. Sin embargo, la ausencia de dicha epistemología urbanística es sorprendente. ¿Intentaremos aquí llenar el vacío? No. En efecto, dicha carencia puede explicarse. ¿Se debe quizá a que el carácter institucional o ideológico de lo que se llama urbanismo predomina actualmente sobre el carácter científico? Suponiendo que este mecanismo pueda generalizarse y que el conocimiento dependa siempre de la epistemología, el urbanismo contemporáneo parece ignorar la tendencia. Habría que saber el porqué, y decirlo. (Lefebvre: 1970)

Aquí Lefebvre critica fuertemente al positivismo expresado en el urbanismo por convertirlo en un saber científico y despojarlo de su esencia epistemológica que ofrece una visión menos limitada que la ciencia. Pese a su aportación realizada en la década de los años setenta, aunada a una extensa producción de textos críticos sobre las formas de producción del espacio en lo urbano y otros fenómenos relacionados, no fue sino hasta la última década que la revisita al pensamiento lefebvriano ha tomado fuerza por explicar la complejidad de lo urbano y poner sobre la mesa el dilema al que se enfrenta el urbanismo como conocimiento.

La “ciudad compacta” como ejemplo del urbanismo positivista contemporáneo

La ciudad compacta está en el discurso de todos, de los gobernantes, de urbanistas y arquitectos, de inmobiliarias y a muchos de ellos –aunque por diferentes razones- parece apetecible la idea de hacer las ciudades “hacia arriba” y limitar su crecimiento horizontal con el fin de aminorar el gasto del transporte, eficientar el abastecimiento de servicios y satisfacer necesidades de esparcimiento con la apertura de espacios públicos a menores distancias y, de paso, disminuir los efectos del calentamiento global. Así, este modelo habría llegado para dar solución a los grandes problemas de las grandes ciudades.

La definición anterior, pese a atractiva, es un error común de autoridades gubernamentales y especialistas que suelen usar indistintamente los conceptos ciudad compacta y verticalización, los cuales sin embargo, son capaces de representar fenómenos totalmente opuestos; la compacidad urbana no refiere a la arquitectura de gran altura, sino a un tema de ocupación y uso del territorio que puede variar en su estructura. Es decir, es necesario entender la diferencia entre densificación y verticalización, pues la segunda no implica necesariamente a la primera.

Para hablar de ciudad compacta es necesario aclarar que la idea de ciudad en sí misma ya contiene en su raíz la idea de lo compacto, es justamente la concentración de población y por ende la de varios tipos de flujos, como los económicos, los políticos y los sociales, los que dan identidad urbana a un territorio. Es este fenómeno de concentración y atracción el que antecede a las grandes metrópolis y, al mismo tiempo, hace surgir territorios dispersos pero satelitales, que siguen siendo dependientes a esos nodos urbanos.

Urbanistas, sociólogos, arquitectos y otros especialistas se han ocupado de criticar el fenómeno de la dispersión, uno de los modelos de ciudad norteamericana que para muchos actualmente es, en términos de sustentabilidad, una aberración. Este discurso academizado ha sido apropiado por los tomadores de decisiones que, en pro de dar una respuesta a los problemas de la ciudad, pretenden volver a las ciudades amuralladas medievales de forma metafórica a través de límites territoriales políticos donde las diferencias y definiciones son en apariencia claras y los términos de gobernabilidad parecieran ser más asequibles.

Cuando se establecen límites como lo hace el concepto de ciudad compacta es desde una tipología ideal, ejercicio común en el estudio de fenómenos sociológicos, donde todo aquello que queda fuera está imperceptible y no afecta ni influye lo que hay dentro de ella. Sin embargo, aquello que está “del otro lado” de la ciudad compacta en la realidad factual siempre está presente, la idea de periferia es inherente a la ciudad y la aparente contención de esta última no va a evitar ni disminuir la existencia de la primera. De este modo los asentamientos irregulares, el suelo a bajo costo, las reservas de mano de obra, las zonas de producción primaria y otras no dedicadas al turismo y servicios son el resultado de las necesidades que produce una estructura de ciudad compacta: una no existe sin la otra.

Es probable que ese intento de contener a la ciudad a través de su definición sea el resultado a su vez de una necesidad de contener a la ciudad físicamente con la intención de entenderla y gobernarla, de un intento desde el positivismo que logre controlar y contener con la técnica y la ciencia algo que ha sido incontrolable en el último siglo; sin embargo, ello no disipa la existencia de ese otro fenómeno que para muchos es la oposición a la ciudad compacta: la ciudad difusa, sino que se trata de las dos caras de una misma moneda y que por tanto, son indisolubles. De esta forma la ciudad compacta no es un modelo de urbe, sino una tipología de la cual es posible aprehender características que sean replicables en otras, sin dejar a un lado la necesidad de entender el fenómeno que de ella nace y la complejidad que implica el definirla e intentar reproducirla.

Conclusiones

Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre. (Jonas, 1995: 15)

Es quizá hoy fundamental cuestionarnos qué es y para qué sirve el urbanismo. Si es que por fin hemos desplazado los valores del positivismo que pretendía hacernos creer que el conocimiento y la ciencia juntos con el avance de la tecnología, per se, podía hacernos mejores seres humanos y ser felices, es necesario cuestionarnos cuál es la posición de este conocimiento en la sociedad y reconocer a qué dilemas éticos se enfrenta al abordarse desde esta perspectiva.

Repensar el urbanismo y lo urbano es también darle cabida a estos asentamientos que, en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, es predominante y no puede ocultarse a través del urbanismo positivista, pues según éste, ciudades como Lima o Ciudad de México no deberían existir en más de un 60% porque no se conformaron dentro del sistema de planificación.

Es sobre todo, fundamental reconocer las consecuencias que trae consigo pensar que la planificación y quienes habitan un entorno “planificado” son los habitantes que viven “correctamente” la ciudad, de esta forma nos preguntaríamos ¿quiénes son ellos, los no-planificados? Y si es que tienen el mismo derecho a la ciudad pese a haber entrado a ella de forma “ilegal”, haber “irrumpido” en las reglas del crecimiento impuestas en planes reguladores y estrategias para limitar el crecimiento de la mancha urbana de las grandes urbes, pero que forman parte del mismo sistema.

Bibliografía:

  • Harvey, David, (2004), Planta ortogonal y ética protestante, en Revista Bifurcaciones: http://bit.ly/1H4Uuz4.
  • Carrión Mena, Fernando (2001), La ciudad construida. Urbanismo en América Latina. Quito: FLACSO Ecuador, http://works.bepress.com/fernando_carrion/108.
  • Parraguez Lesli, Gisel Rodríguez Loza y Marcela Santander Belle (2006), ¿Cómo se piensa la ciudad? Análisis crítico de un siglo de gestión y planificación urbana, Revista eure (Vol. XXXII, No. 96), pp. 135-140. Santiago de Chile, http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0250-71612006000200008&script=sci_arttext.
  • Lefebvre, Henri (1970), “De la ciudad a la sociedad urbana” en Para comprender qué es la ciudad: teorías sociales, Víctor Urrutia, Editorial Verbo Divino, Navarra, 1999, pp. 138-147).

Por Rosalba González Loyde / @LaManchaGris_

Publicado originalmente en Proyector.

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